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Traducciones y clases

A medida que transcurre el tiempo, los científicos le encuentran nuevas
propiedades, positivas por cierto. Desde hace varios lustros, hay
investigaciones que señalan que mejora el rendimiento en las
matemáticas, que estimula a pacientes con problemas cerebrales o
psicomotrices. Los poderes de sanación de la música datan de la
Antigüedad.
En estos días, se difundieron recientes trabajos de
la Northwestern University que señalan que la práctica de un instrumento
puede ayudar a mejorar el habla, así como la capacidad de hablar un
idioma extranjero. Los investigadores explicaron que el efecto del
entrenamiento musical sugiere que, de forma similar al ejercicio y su
impacto en el bienestar del cuerpo, la música es un recurso que tonifica
el cerebro para la aptitud física y por lo tanto requiere que la
sociedad reexamine el rol de la música en el desarrollo individual.
El
informe que fue publicado en "Nature Reviews Neuroscience", cuya
síntesis reprodujimos en nuestra edición del jueves, señala que aprender
a tocar un instrumento acondiciona al cerebro para elegir qué es
relevante en un complejo proceso que puede involucrar la lectura, el
recordar una partitura, calcular tiempos y coordinar con otros músicos.
Se indica que los chicos que reciben entrenamiento musical tienen una
mayor capacidad para detectar los cambios de tono en el habla y poseen
un vocabulario más amplio y leen mejor que aquellos que no aprenden
música.
Las experiencias de la música en la educación vienen
realizándose desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, a mediados del siglo
XX, el compositor brasileño Heitor Villa-Lobos (1887-1959) -autor de
"Las bachianas brasileiras"- venció el conservadurismo del gobierno de
su país y logró que cada escuela del Brasil tuviese un coro, tal vez
porque intuía que un chico que canta es un niño feliz. Escribió métodos
musicales de aprendizaje fácil y su "Guia pratico" (137 canciones
basadas en la música folclórica); fundó el Orfeón de Maestros y en su
flamante Conservatorio Nacional de Canto Orfeónico impuso planes de
enseñanza revolucionarios. Llegó a dirigir a 30.000 niños desde un podio
de 20 metros en el Maracaná.
En la mayoría de los países latinoamericanos, salvo las instituciones
universitarias y especializadas y algunos colegios
privados, la música tiene poco espacio. En otras oportunidades hemos
destacado la importancia de la educación artística en el desarrollo de
la sensibilidad y de la comunicación de una persona. Por ejemplo, en un
coro, se aprende a ser solidario, a trabajar en forma colectiva, a
respetar al otro, a disciplinarse en el estudio; se enseña que sin el
esfuerzo de todos difícilmente se pueda llegar a buen puerto. Ello
dependerá, por supuesto, de la capacidad del director, no sólo musical
sino también pedagógica, y de que sepa estimular a los chicos. En ese
sentido, es remarcable la tarea de las orquestas barriales que buscan la
integración de niños y jóvenes marginados socialmente.
En
ninguno de estos casos, el objetivo es que surjan niños artistas -en
buena hora, si los hay-, sino favorecer la inclusión, el trabajo en
conjunto, el compañerismo, el diálogo, la amistad. Si todas las escuelas
y los colegios tuviesen coros o elencos teatrales y hubiese con
frecuencia certámenes intercolegiales, seguramente habría menos
problemas de conducta, menos adicciones, mayor compromiso y solidaridad.
Para ello es necesario formar a los educadores en el marco de estos
parámetros, porque ellos tienen la llave para estimular a los alumnos y
hacer que se interesen por lo que estudian.
Sería positivo que
los responsables de conducir el gobierno educativo reflexionaran sobre
estas experiencias, en tiempos en que se suelen buscar soluciones afuera
cuando las tenemos al alcance de la mano.
Fuente: LaGaceta.com.ar













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